La Señora Dios!_Programa 81

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Visionaria, de Sofía Ruvituso. Imagen obtenida de http://www.sofiaruvituso.com.ar/
Visionaria, de Sofía Ruvituso. Imagen obtenida de http://www.sofiaruvituso.com.ar/

 

En un ataque de humanidad, nos inclinamos a la violencia.
Es una suerte porque de alguna manera logramos que aparezca la verdadera causa de dios:
la hesperidina.

Se escuchan los versos de Fernanda Castell (de La construcción de lo desagradable),
la voz de una madre y su hija recién nacida y la música de Intoxicados y Fernando Cabrera.

Lo increíble: aparece la Señora Dios.

 

Programa 81_La Señora Dios! (para descargar)
Reproducción y descarga desde el portal de FARCO  Están los programas con otra numeración pero ordenados por fecha y con una semana de adelanto con respecto a este blog. Hay que registrarse y listo.

 

 
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La Aventura 4_Programa 55

Luxor Magenta, imagen obtenida de http://loladuerme.wordpress.com/

He aquí la más increíble aventura vivida por un alumno de Nadie:

Francisco se convierte en súper héroe y le salva la vida a un pobre tipo.

(Aventura -dice el maestro Nadie- es pasarle cerquita a la Muerte y robarle algo, o alguien).

Hay un misterioso afilador en bicicleta, gatos y perros que guían el camino y la presencia insoportable e invisible del viejo maestro.

Por si fuera poco: poemas de Diego Roel, la voz de Olga Orozco y la música de Margarita Metralleta y Lisandro Aristimuño.

[audio http://archive.org/download/LaEscuelaDeNadie_55_laAventura4_franciscoYElAfilador/55_laAventura4.mp3]

Almirante de sal, de Jorge Goyeneche.

La Editorial Parque Moebius parece una tarea de los alumnos de Nadie: es una aventura compartida.

Aquí, un fragmento de Almirante de sal, de Jorge Goyeneche.

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ALMIRANTE DE SAL

Jorge Goyeneche

 

 

                               

 

“Pero de alguna manera el viaje ya había terminado

cuando lo empezamos”.

Roberto Bolaño

 

A Juan Bautista Duizeide, que ama por igual el mar y los libros.

 

 

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Su abuelo le contaba historias de los papas. En la época en que nadie se alejaba más allá del sonido del campanario, él, un niño aún, era llevado en largas caminatas por la costa y se acostumbraba así a la visión del mar y la distancia. El viejo Juan Fontanarrosa vio de niño al Papa del Mar que al llegar trajo alegría y al irse dio paso a la peste. Por los acantilados, frente a las aguas, el niñito señala el mundo líquido. Él está sobre los hombros del abuelo y el viento creciente le flamea los cabellos. La tormenta moviliza los bosques a sus espaldas y se arremolinan sales, tierras y hojas. La lluvia se precipita sobre ambos, como un alud de plumas. El viejo y el niño aún siguen siendo un solo ser con dos piernitas y dos bracitos extras a la altura de los hombros curtidos. El abuelo, entre preocupado y divertido, galopa con su nieto en ancas buscando refugio en una especie de gruta.

El dieciséis de mayo de 1405, en una pequeña y lucida escuadra naval llegó Benedicto XIII, el Papa Luna, el Papa del Mar. Aviñón y sus cardenales le dieron una cabeza al monstruo, la otra procedía de Roma y se llamaba, por entonces, Inocencio VII. Este último era napolitano y el otro aragonés, dos enormes lejanías; pero el papa de Aviñón vino por mar, y eso le daba un aire de heroicidad y aventura épicas que granjeó la simpatía del abuelo. La descripción de las naves, la fiesta en las calles, la bendición del pontífice y las intimidades y comentarios acerca de su estadía en la ciudad fueron combinando el tapiz de la historia que el viejo refirió al niño durante la tormenta, frente al golfo de Génova.

Fue tan vívido el relato de las intrigas papales, la maravillosa huida del aragonés la noche del once de marzo de 1403, escapando del palacio aviñonense por una puerta secreta disfrazado de cartujo con el hábito que, dicen, le facilitó el hermano de san Vicente Ferrer… Se embarcó luego en una nave que lo aguardaba en el Ródano y se dirigió a Chateau-Renard enla Provenzaque estaba bajo la soberanía de Luis de Anjou, un buen amigo suyo. De allí a Marsella, luego a Niza, después a Mónaco y Savona, con la intención de caerle sobre las barbas al excomulgado de Roma.

Para completar la maravilla del relato no era necesario referir que al Papa, más que sus enemigos, lo espantó la peste que casi deja sin abuelo al niño.

El pequeño, todo orejas para la historia, era solamente ojos para el mar y la tormenta. Veía, con la nitidez que sólo da la imaginación, el grupo de pequeñas naves que llevaran al de la luna, flotando sobre las aguas, venido del horizonte donde el mar se levanta en cielo.

Dos papas, intrigas, pestes, embarcaciones y fugas, todo oído en la costa, lejos-lejos de casa, rodeado de lluvia y viento fue tan fuerte para la mente del nieto de siete años que se le quedó fijado como un relieve.

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Editorial Parque Moebius.