Adormecida por las nubes, de Arturo Serrano

Aquí, el principio de Adormecida por las nubes, novela de Arturo Serrano publicada por Editorial Parque Moebius.

Como en una pintura rupestre, lo que le sucedió a Judith resultaba brutal o mágico, aunque lo terrible en realidad era la repentina y violenta destrucción que sufrían las cosas que ella arrojaba con furia contra todas las paredes y contra ningún lugar, mientras madre con el brazo lastimado ya discaba el número de la guardia porque a la pequeña mujer solamente podían contenerla policías o enfermeros de la clínica mental de alta categoría en la que ya conocían a madre, el cenicero suele ser lo primero en romperse mientras de su boca salen palabras de ningún idioma e insultos en un solo idioma, cuando ellos entran la criatura está con los pechos descubiertos fumando hasta la mitad los cigarrillos de madre y apagándolos en una alfombra con tigres y lunas, que tan cara nos había salido, y después el doctor de cuerpo inmenso apagará sus ojos con una pastilla fuertísima, dos perros corriendo a través del té, un día completo en el que el mundo no existe y la carta que leo sentado en una de las piedras de la escollera, cerca de tres pescadores mientras espero la aparición de los lobos marinos, la mirada es un breve simulacro de inteligencia, señor, porque yo caminé ochenta cuadras en los médanos, solo y aburrido y vacío en la arena helada, y vi desenterrarse tristísimas vaginas negras al costado de mis pasos, y esforcé la imaginación para tratar de oír gritos transparentes, desgarradores como la que parecía tener la mano de Florencia cuando yo temblaba, cuando Judith dejó un gato de peluche en el bolsillo de mi saco en un aula vacía de la facultad pero Florencia pensaba que era otra cosa, otra vez un estado de pesimismo nervioso que ella se disponía a soportar con asco, con las manos contra la cara y mirando la calle, su corto llanto de pelo doblándose en la frente sobre los ojos que parecían amarillos, semejante belleza para unos autos asquerosos y dos o tres carteles como los de la calle, yo estoy temblando porque de alguna manera sé que estoy aquí, abandonado a los pasos cada vez más pesados en la arena hasta que me detengo eternamente en la misma piedra de la escollera y a un costado veo ya dos lobos de mar, gusanos de goma que pesan toneladas de cansancio y es solamente el cigarrillo lo que me parece realmente poético, como estar viviendo en una película, entiende, en la que  queda realmente fantástico sacar la carta de Hugo y leerla de a renglones salteados sabiendo de antemano lo que dice acerca de Judith, su tono de amigo y de papá desconsolado siempre a punto de rebelarse contra las medicaciones que su niña debe ingerir en esa jaula de pajaritos enloquecidos y además pagó una fortuna para que la torturen, y le maten el corazón, la mujer joven ya no se resiste porque está a punto de desmayarse, su energía de muchos días se ha consumido en la erupción breve frente a madre que no supo hacer otra cosa peor, los párpados cerrados la muestran ante el universo como una extrañeza sutil, los vecinos de la cuadra han notado los movimientos, han visto la ambulancia pero eso a Hugo no le interesa demasiado,  si el pescador de la izquierda me hubiera mirado habría notado que inexplicablemente yo me sonreía frente a una hojita de papel cuadriculado y que temblaba otra vez sin entender por qué, en una mañana aparentemente igual a otras tantas de arrastrar una relectura de 27 años después de haber conseguido unos pocos cigarrillos que tengo que dosificar cuidadosamente con la elaborada finalidad cinematográfica y sentirme filmado por alguien sería reconsiderar la existencia de Dios,

Editorial Parque Moebius.

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